CARAVACA DE LA CRUZ

TURISMO RELIGIOSO DE CARAVACA

CARAVACA “CIUDAD JUBILAR”

La Concesión Jubilar otorga, entre otras, “Indulgencias Plenarias” a los Fieles y Peregrinos que visiten la Basílica – Santuario de la Stma. y Vera Cruz de Caravaca, “siempre que por devoción se Peregrine en Grupo, una vez al año, en el día que libremente se elija por los Fieles”, cualquier día de cualquier año, cumpliendo las condiciones establecidas por la iglesia.
VIDEO PROMOCIONAL DEL AÑO JUBILAR IN PERPETUUM DE LA SANTISIMA CRUZ DE CARAVACA

LA SEMANA SANTA DE CARAVACA

VIERNES DE DOLORES

Vía Crucis

Antes de contar cómo veo y qué siento en cada procesión, permitidme
que hable del Vía Crucis, del Vía Crucis del Silencio. En la noche del Viernes
de Dolores, antes de los encuentros en Santa Elena y La Concepción… a
hombros de los cofrades del Silencio, la imagen del Santísimo Cristo de los
Voluntarios sube hasta la Real Basílica Santuario de la Vera Cruz. Jesús
vuelve a manifestar su intención de derramar sobre nosotros su bendición y
asciende a este nuevo “calvario” para ser, como siempre, el icono de nuestra
salvación. El lento caminar por las empinadas cuestas, las oraciones y las
invocaciones del sacerdote, junto a los cantos, recrean aquel primer ‘Camino
de la Cruz’ que Jesús recorrió hace más de dos milenios.
Las 14 estaciones del Vía Crucis me hacen pensar en las “obras de
misericordia”;
Son catorce; las recordamos.

Las ESPIRITUALES:

Enseñar al que no sabe.
Dar buen consejo al que lo necesita.
Corregir al que yerra.
Perdonar las injurias.
Consolar al triste.
Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
Rogar a Dios por los vivos y difuntos.

Y las CORPORALES:

Visitar y cuidar a los enfermos.
Dar de comer al hambriento.
Dar de beber al sediento.
Dar posada al peregrino.
Vestir al desnudo.
Redimir al cautivo.
Enterrar a los muertos.

Primera procesión: Noche de Encuentros

En la primera procesión, la noche del Viernes de Dolores, asistiremos
a la representación de dos encuentros de María con su Hijo, de Jesús con su
Madre. Participaremos en dos estaciones de penitencia.
Para esos momentos vienen bien unas palabras del Papa Francisco,
pronunciadas el pasado mes de enero. “Dios viene al encuentro de los
hombres y las mujeres de todos los tiempos y lugares en las situaciones
concretas en las que estén. También viene a nuestro encuentro. Es siempre Él
quien da el primer paso: viene a visitarnos con su misericordia, a levantarnos
del polvo de nuestros pecados; viene a extendernos la mano para hacernos
alzar del abismo en el que nos ha hecho caer nuestro orgullo, y nos invita a
acoger la consolante verdad del Evangelio y a caminar por los caminos del
bien. Siempre viene Él a encontrarnos, a buscarnos”.
(Papa Francisco. Rezo del ángelus, Domingo, 31 enero 2016)
Esa noche, los anderos de los ‘azules’ portan sobre sus hombres a
Nuestra Señora de los Dolores camino de la ermita de Santa Elena. La
música acompaña a la madre que pasea su dolor por las calles del casco
antiguo. Nuestro Padre Jesús aguarda en el interior de la ermita; al doblar la
esquina de la calle Vidrieras, el cabo de andas se dirige a la puerta, golpea
tres veces, la puerta se abre y el Nazareno sale a encontrarse con su madre.
Una multitud que se agolpa en las estrechas calles del Barrio del Hoyo es
testigo de este primer encuentro. Madre e Hijo se miran mientras se escucha
una saeta. Jesús se acerca a su Madre, se rinde a sus pies y retrocede para
dejar que María siga su camino. La imagen regresa al interior del pequeño
templo mientras que Nuestra Señora de los Dolores pasa junto a la plaza del
Hoyo y se dirige hacia la Cuesta de la Cruz.
Una muchedumbre aguarda junto al Templete para ver cómo la
imagen de la Virgen de los Azules desciende por la empinada cuesta. En el
interior de la iglesia de La Concepción hay silencio; los anderos del Cristo del
Prendimiento ya se preparan para salir a La Corredera y hacer posible que
las miradas del Hijo y de la Madre se vuelvan a cruzar en esta noche. La
escena se repite, la emoción se vuelve a palpar en el ambiente mientras la
voz de una mujer canta una saeta que cubre la plaza de recogimiento y
solemnidad. El Cristo regresará al interior de la iglesia mientras que la
imagen de María se dirige hacia la Plaza de Santa Teresa para regresar a su
punto de partida.
Durante las procesiones de nuestra Semana Santa volveremos a
contemplar a María, como La Piedad, como María Santísima de la Amargura,
como la Dolorosa, como Nuestra Señora de las Angustias o la
contemplaremos como La Soledad, pero siempre María, siempre la Madre.
¡Que María, que es Madre de Misericordia, nos ponga en el corazón la
certeza de que somos amados por Dios. Que esté cerca de nosotros en los
momentos de dificultad y nos done los sentimientos de su Hijo, para que
nuestro itinerario cuaresmal sea experiencia de perdón, de acogida y de
caridad!

Domingo de Ramos. Jesús entra en Jerusalén.

Una multitud de discípulos acompañan a Jesús, le hacen fiesta. Lo
reconocen como el Mesías. Extienden mantos a su paso. Los hombres y las
mujeres hablan de los prodigios que ha hecho, elevan gritos de alabanza:
“¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría.
Jesús ha despertado en el corazón de estas personas muchas esperanzas,
sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no
cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias
humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios, se ha inclinado
para curar el cuerpo y el alma. Éste es Jesús. Es grande el amor de Jesús. Y
así entra a Jerusalén, con este amor que mira a todos. Es una bella escena,
llena de luz, la luz del amor de Jesús, la de su corazón de alegría, de fiesta.
En la mañana del Domingo de Ramos, también nosotros repetimos ese
momento de alegría. Este año recogeremos las palmas y los olivos en la
iglesia de La Concepción e iniciaremos el tradicional recorrido que nos traerá
hasta esta parroquia. Agitaremos nuestras palmas, nuestros ramos de olivo,
y cantaremos: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»
Saldremos al encuentro de Jesús, iremos a recibirlo, expresaremos la
alegría de acompañarlo, de saber que se muestra cercano, que está presente
en nosotros y en medio nuestro, como un amigo, como un hermano, como
faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero baja a la Tierra a caminar
con nosotros y nosotros lo recibimos con alegría. Esta alegría que no es algo
que nace de tener cosas, nace porque hemos encontrado a Jesús, nace de
saber que Él está en medio de nosotros; de saber que, con Él, nunca
estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando en el camino
de la vida tropecemos con problemas y obstáculos que parecen insuperables.
Pero no seamos como el pueblo de Jerusalén que solo unos días más
tarde le da la espalda. En solo unas jornadas, veremos el desprecio de los
jefes del pueblo y sus engaños para acabar con Él. Asistiremos a la traición
de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta monedas. Veremos al
Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus
discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y
ultrajado. Pedro, la “roca” de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los
gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás
quede libre y que a él lo crucifiquen. Veremos a los soldados burlarse de Él,
vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo
largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la
gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios.

MARTES SANTO

En la noche del Martes Santo, contemplaremos a Jesús rezando en el
paso de la Oración del Huerto, que portan en hombros cofrades moraos. Al
ver su rostro, con la mirada fija en el cáliz que le ofrece el ángel,
descubrimos la naturaleza humana de Jesús; vemos a un Dios hecho
hombre que sufre, que llega a sudar sangre… En el Getsemaní, de rodillas,
abandonado por los suyos que se quedan durmiendo mientras Él reza, Jesús
duda y pida que pase el cáliz del sufrimiento. ¿Por qué? Probablemente
porque el sufrimiento no se entiende; sin embargo, el amor sí, porque todo lo
explica; las guerras, el odio, la corrupción, las enfermedades no son lo
nuestro; lo nuestro es la fe, la caridad, el perdón y la misericordia.
En Jesús, esa noche, se subraya, de forma especial, su naturaleza
humana; Jesús es un hombre que sabe a lo que se enfrenta. ¡Padre, que
pase de mí este cáliz…! llega a suplicar; pero unos instantes más tarde
afirma con el rostro iluminado: … pero no se haga mi voluntad sino la
tuya… Nosotros nos encontramos en muchas ocasiones ante dificultades que
no entendemos, ante dolores que no aceptamos, ante injusticias frente a las
que nos revelamos, somos hombres, como Él, dudamos, pedimos que se
aleje el sufrimiento… pero en su ejemplo encontramos una verdadera
propuesta para nuestra vida: permanecer siempre en la Voluntad de Dios.
Los ‘moraos’ recorrerán esa noche ‘la carrera’, atravesarán la calle
Mayor, ascenderán por Gregorio Javier, para acercarse a su barrio, cerca de
su ermita… descenderán más tarde por la calle Poeta Ibáñez para
encaminarse, por las Herrerías y Rafael Tejeo, al inicio de la calle Mayor.

MIÉRCOLES SANTO

Veinticuatro horas más tarde, en la noche de Miércoles Santo,
podremos contemplar varias imágenes: el Cristo del Prendimiento y el Señor
de la Columna, que procesionan con los coloraos. A Nuestro Padre Jesús
Nazareno y a la Verónica, con los moraos; a San Juan de Letrán y el
Calvario, con San Juan y La Piedad a los pies del Crucificado, a hombros de
los blancos.
El primer paso de esta procesión me hace pensar en la amistad; sí, en
la amistad. Jesús es hecho prisionero; lleva las manos atadas. Quienes lo
perseguían para encarcelado lo encuentran rezando; Jesús, ya ha bebido el
cáliz que le ofrecía el ángel.
Lo hacen prisionero aprovechando la traición de Judas, uno de sus
amigos, uno de sus discípulos, uno de los suyos. Pero el Hijo del Hombre
sigue adelante para que se pueda cumplir la Voluntad del Padre. Abrazando
el sufrimiento, pasa del Dolor al Amor, de la frialdad y el hielo de la
incomprensión pasa al calor del perdón y de la compasión. Jesús no deja de
sorprender, en ese momento tan terrible, Él es capaz de olvidarse de sí
mismo y se compadece del criado al que Pedro ha cortado una oreja; Él se
detiene a reparar el error de otro de sus discípulos, uno de los que se había
queda durmiendo mientras el Maestro rezaba, y se deja prender por los
judíos.
Después, vemos la espalda de Jesús marcada por los azotes. Los
latigazos han quedado señalados, Jesús ha sido marcado como cordero que
es llevado al matadero… Desnudo, atado a la columna. Un grupo de anderas
de los coloraos lo llevan en hombros.
La catequesis de la procesión de Miércoles Santo, continúa con los
pasos de los moraos. Veremos la espalda de Nuestro Padre Jesús Nazareno
curvada por el peso de la cruz, de su cruz, y de las nuestras, porque al
cargar con su cruz ha cargado también con las nuestras; camina hacia El
Calvario, a dar la vida por los suyos, a dar la vida por cada uno de
nosotros…
Tras Él, la Verónica; que también es ejemplo de misericordia. ¿Quién
es esta mujer? ¿Qué sentimientos nos inspira? ¿Qué la empuja hacia Jesús
para limpiarle el rostro de Jesús? ¿Cómo logra hacerse un hueco en medio
de los soldados para acercarse al Maestro? El rostro de Jesús queda impreso
en el paño, pero ¿y ella? ¿Con qué ojos miraría la Verónica a Jesús?
Hagamos como La Verónica, ella también es una de nosotros. Si
queremos “ver” con los ojos de Jesús, ver con lucidez, tendremos que
practicar la caridad, atendiendo al necesitado, como hizo la Verónica en
aquel primer Vía Crucis.
Hemos hablado de María, de Jesús, de la humanidad reflejada en La
Verónica que se quedada marcada, sí, también ella, por el amor de Cristo.
En la noche del miércoles nos queda una representación importante; tras
San Juan de Letrán, con la cantera blanca, llega El Calvario.
María, Jesús y el Discípulo se unen en un único paso. Los anderos de
la Cofradía de San Juan Evangelista portan en andas una representación del
Calvario. Jesús en la Cruz, la imagen de La Piedad (la última incorporación a
la Semana Santa caravaqueña) y San Juan. Esta representación es una
escena extraordinaria. San Juan, como La Verónica, en uno de los nuestros,
él es un testigo presencial del encuentro entre Jesús y María. Nosotros, hoy,
podemos contemplar, a través de los ojos del Discípulo Amado, ese nuevo
encuentro entre la Madre y el Hijo.
Aquí delante de la Cruz, en la Ciudad de la Cruz, desde la Cruz, Jesús
volverá a decir: “Madre, ahí tienes a tu Hijo”. En el relato de la Pasión,
Jesús se refiere al Discípulo Amado, pero hoy, nos lo dice a cada uno de
nosotros. Hagamos como San Juan, acojamos a María en nuestras casas, en
nuestras vidas.
Si hacemos así, podremos invocarla como hiciera San Juan Pablo II en
el rezo del “Regina Coeli” (Abril 2001), diciendo
“…Dirigimos nuestra mirada a María santísima, a la que hoy invocamos
con el título dulcísimo de “Mater misericordiae”. María es “Madre de la
misericordia” porque es la madre de Jesús, en el que Dios reveló al mundo su
“corazón” rebosante de amor… Al pie de la cruz la Virgen se convirtió en
madre de los discípulos de Cristo, Madre de la Iglesia y de toda la
humanidad. “Mater misericordiae”…”
Juan Pablo II, en el rezo del “Regina Coeli” del Domingo 22 de abril de 2001

TRIDUO PASCUAL. JUEVES SANTO

Llegamos a los días ‘fuertes’, a los días en los que celebramos el Triduo
Pascual. ¿Dejaremos solo a Jesús durante estas jornadas?
En el Jueves Santo, Jesús nos espera para compartir con nosotros la
institución de la Eucaristía. “¡Sacramento de piedad, signo de unidad y
vínculo de caridad!”, como afirmó San Agustín. La palabra que resume ese
día es… Amor
El Viernes, sufriendo hasta el límite, soportando un dolor extremo,
Jesús muere por nosotros. Un Dios que se ha hecho carne de nuestra
carne, sufre y muere. María queda a los pies de la cruz, Ella también espera,
confía en que nosotros iremos hasta ese ‘calvario’ para estar junto a nuestro
Hermano; Jesús, crucificado y abandonado, nos espera.
La jornada siguiente, María queda sola. El cuerpo de Jesús yace en el
Sepulcro y una angustia inunda la Tierra. Pero María en el fondo del dolor
por la pérdida del Hijo, está en pie, firme, convirtiéndose así en ejemplo de
Esperanza. Ella espera, al igual que creyó en la visita del ángel que le
anuncia su Maternidad, ahora confía y cree en las palabras que ha
escuchado a su propio Hijo, aquellas que anunciaban su resurrección. María
conservaba estas palabras en su corazón, traspasado, por el dolor de una
muerte ignominiosa, pero esperanzado por volver a encontrarse con Jesús.
En la Vigilia Pascual, Jesús vence a las tinieblas con la Luz. Se abre
camino en el corazón de cada uno de nosotros y nos inunda con su paz. Él
vive en nosotros. El Resucitado.

JUEVES SANTO

En la tarde de Jueves Santo, al terminar los oficios y mientras
recorremos las estaciones; en el interior de la antigua iglesia de La
Compañía, la hermandad de la Virgen Blanca se prepara para su procesión.
La imagen de María Santísima de la Vera Cruz, Santa Madre de Amargura y
Esperanza, ya está colocada en sus andas de plata y, bajo palio, con sus 12
varales, con una nube de cirios y con decenas de rosarios colgados con
veneración en sus manos; la ‘Virgen Blanca’ se prepara. Junto a los anderos
y las anderas, que lucen sus túnicas blancas ceñidas por un negro cinturón;
un numerosísimo grupo de mujeres con vestidos negros, y ataviadas con la
tradicional mantilla, “las manolas”, también se han dado cita para
acompañar a la Virgen; en sus manos no llevan cirios, llevan una rosa
blanca.
Los últimos rayos de sol se empiezan a esconder tras la silueta
dormida del gigante Tomir y un nudo de emoción atenaza nuestras
gargantas. La Amargura se pasea por las calles y las gentes de este pueblo
que participan en la tradicional visita a los Monumentos, podrán
contemplar la imagen.
El estandarte sale a la puerta de La Compañía, una multitud espera
en la calle la salida de la Virgen Blanca. Se inicia la procesión y el momento
más esperado… llega. El paso ya está en la puerta, el cabo de andas grita
para dar las indicaciones oportunas, el trono llega casi a tocar el suelo para
que el palio no tropiece en el dintel de la puerta; “un poco más”, “aguantad,
aguantad”… un hilo de suspense parece apretar las gargantas de quienes
aguardan… “solo un poco más”… “¡Cuidado!”, grita una mujer que piensa
que el trono va muy inclinado… Y… al final… “¡Arriba!”, la Virgen Blanca ya
está en la calle y un fervoroso aplauso se escucha en el cielo de la tarde del
Jueves Santo. El paso avanza unos metros, con ‘vivas’ al paso blanco, a San
Juan y a la Virgen, para detenerse a escuchar la saeta que suena desde un
balcón cercano. Las “manolas” se giran hacia la Virgen y más de una lágrima
se escapa y desciende por unas sonrojadas mejillas.
María, con sus tres advocaciones, de la Vera Cruz, Amargura y
Esperanza, se dirige hacia la calle Rafael Tejeo para descender por Santísimo
y Maruja Garrido hacia la Gran Vía. Mientras tanto, muchos aprietan el paso
para dirigirse hasta la plaza del Arco, allí se vivirá otro momento especial.
Los anderos, exhaustos en algunos casos, llegan hasta el arco y tal como
hicieran en la salida, deberán bajar el trono a ras del pavimento para poder
pasar bajo el arco de piedra sobre el que se levanta la Casa Consistorial.
Cuando pasa, mientras se escapa algún “¡uy!” de algún desconfiado; de
nuevo las palmas saludan a la Virgen y reconocen el esfuerzo de los anderos.
Una vez en la plaza, el paso girará sobre sí mismo para que la Virgen Blanca
mire de cara a quien le canta una saeta desde el balcón principal del
Ayuntamiento. Volverá a girar para reiniciar el recorrido hacia la calle
Mayor, donde el cansancio no será dificultad para atravesar la que fuera la
principal arteria de la localidad, sin que los varales del palio toquen en los
balcones. De regreso a La Compañía, vendrán los emocionados abrazos y se
repetirán los ‘vivas’.
Unas horas después, el bullicio dará paso al sosiego, la algarabía al
silencio, y la emoción a la solemnidad. A las doce de la noche se apagarán
las luces a la vez que el bronco sonido de un tambor redobla en el interior
del antiguo templo jesuita. Alumbrados por la luz de los cirios y con el
recogimiento como estandarte, la imagen del Cristo de los Voluntarios,
saldrá a las calles de Caravaca. Por encima del redoble se escuchará la recia
voz del cabo de andas: “¡al brazo!” y Jesús, crucificado, cruzará la puerta. No
habrá aplausos ni vivas, el latido del corazón será más fuerte, eso sí, tan
intenso como el sonido de la campana que irá avisando de cuándo hay que
parar para el relevo.

VIERNES SANTO

Llegamos a Viernes Santo. Dos procesiones.
Por la mañana, la del Encuentro. Es la única procesión que recorre
nuestras calles y plazas de día, sin tener en cuenta el Domingo de Ramos.
En la mañana de Viernes Santo, que tanta similitud tenía, en otros tiempos,
al menos para mí, con la Mañana del Dos de Mayo; esa mañana, el bullicio
se hace patente en la Gran Vía y, sobretodo, en la plaza del Arco para
escuchar el Sermón de las Siete Palabras con el que cada año, desde hace
muchos, nos emociona y nos sorprende nuestro querido Don Alfonso Moya.
Abren la procesión los ‘coloraos’. Cubierto con una túnica de color
púrpura y coronado de espinas, contemplamos al Ecce Homo, al Señor del
Balcón. Su presencia en nuestras calles nos recuerda que la multitud
prefirió la libertad de Barrabás y pidió la crucifixión para Jesús. ¿Cuántas
veces también nosotros damos la espalda a Jesús amparados en la masa, en
la “mayoría”, en la multitud? ¿Cuántas veces preferimos no dar la cara por
él? Pedro y el resto de discípulos desaparecen de su lado; niegan ser sus
amigos, reniegan del ‘nazareno’, el miedo les atenaza, su ‘humanidad’ les
lastra y pesa más que el entusiasmo que les llevó un día a seguirle por toda
Galilea. ¡Qué paradoja! Pedro reniega de Jesús y el Maestro depositará en
sus espaldas la Iglesia naciente. ¡Quién sabe que nos tiene preparado a
nosotros que tantas veces también le hemos negado!
Tras el Señor del Balcón, a hombros de los moraos, Nuestro Padre
Jesús y La Verónica, que como ya hicieran en la noche de Miércoles Santo,
vuelven a recordarnos con su presencia la generosidad de un Dios hecho
hombre y cargado con una pesada cruz y la caridad de una mujer que
apiadándose de su sufrimiento se aproxima abriéndose paso entre los
soldados y la muchedumbre para limpiar su rostro.
Tras La Verónica, San Juan. Con un trono radiante, cubierto de flores
blancas. El Discípulo Amado que pronto acogerá a la Madre de su Maestro,
es portado por anderos y anderas que no dudarán en elevarlo por encima de
sus hombros extendiendo los brazos para subir a San Juan hasta lo más
alto, en un intento de recordarnos que, humano, como nosotros, ahora se
convertirá en “hijo de María”.
San Juan indica el camino; durante la procesión, delante de María, a
la que precede en su camino hacia la plaza; después, en la plaza, señalará a
Jesús dónde está su Madre. Pero ¿qué podemos apreciar en María? ¿Qué
reflexiones nos sugiere su contemplación? Mirándola, es imposible no pensar
en su fidelidad hasta el último instante; Ella, la Madre, Madre de Dolores, va
al encuentro del Dolor, del Dolor del Hijo, que hace suyo, que lo abraza,
mientras recuerda las palabras de Simeón en el Templo: “…Y a ti una espada
traspasará tu corazón…”
La contemplación del Encuentro en la Plaza del Arco es una escena
solemne y, a pesar de lo que se está representando, alegre. La multitud llena
toda la plaza, los tronos se abren paso entre los vecinos para ir colocándose
en sus lugares de costumbre. En un rincón de la plaza, desde hace unos
años, espera el Crucificado. Los moraos custodian a Jesús y esperan el
emocionante momento del Descendimiento.
Cuando La Dolorosa se pare bajo el arco; una señal indicará al
sacerdote que puede empezar el Sermón. La lectura del Evangelio dará paso
a una homilía de la que aconsejo no perder detalle; es cierto que todos
esperamos el momento final cuando D Alfonso dirá: “San Juan busca a tu
Madre que debajo del arco está”, dando paso al ‘Encuentro’, pero la homilía
está llena de vida, de experiencias y reflexiones que pueden favorecer otro
‘encuentro’, nuestro encuentro con Jesús.
Tras las palabras del sacerdote, San Juan, a hombros de los blancos,
se dirigirá hacia el arco; saludará a María; y volverá sobre sus pasos para
dejar que se produzca el encuentro de la Dolorosa con Jesús Nazareno. La
música subrayará ese momento, dándole, si cabe, una mayor emoción.
María seguirá al Nazareno y mientras tanto, los moraos habrán iniciado el
descendimiento. Quitarán los clavos, pasarán el sudario blanco bajo los
brazos del Cristo y lentamente lo depositarán dentro de la urna de cristal
para iniciar su traslado hacia el exterior de la plaza.
Y en la noche de Viernes Santo, el Santo Entierro. Serán de nuevo los
coloraos los primeros que saldrán de la Compañía llevando en andas al
Cristo de la Misericordia, el titular de su Cofradía. El rojo es el color de la
sangre, Sangre que se ofrece en la eucaristía como bebida de salvación. En
la cruz contemplamos a Jesús en el momento de la muerte. Jesús acaba de
invocar el perdón para todos, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que
hacen”; ha expresado su abandono gritando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?” Jesús desfallece, si en el Huerto de los Olivos sudó
sangre al ver el cáliz que le ofrecía el ángel, ahora… “todo se ha cumplido”.
Mirando a Jesús Abandonado, surge dentro de mí el deseo de dar
testimonio ante todo el mundo de que Jesús en la Cruz llena todo vacío,
ilumina toda tiniebla, acompaña toda soledad, anula todo dolor, borra todo
pecado.
Tras los coloraos, los azules, portarán sobre sus hombros a Nuestra
Señora de las Angustias. María que ha permanecido a los pies de la Cruz,
acoge ahora en sus brazos en el cuerpo sin vida de Jesús. Es desgarrador
ver a la Madre con el Hijo en su regazo. De nuevo utilizaré unas palabras del
Papa Francisco para comentar el pasaje del Evangelio en el que Jesús se
dirige a Nicodemo: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único’ (
Jn 3,16). “Escuchando – comenta el Santo Padre – esta palabra, dirigimos la
mirada de nuestro corazón a Jesús Crucificado y sentimos dentro de
nosotros que ¡Dios nos ama, nos ama de verdad, y nos ama tanto! He aquí la
expresión más sencilla que resume todo el Evangelio, toda la fe, toda la
teología: Dios nos ama con amor gratuito y sin límites. ¡Pero así nos ama
Dios!”
Tras el paso de los azules, los blancos volverán a las calles con las
imágenes de San Juan de Letrán y con San Juan Evangelista; pero en esta
procesión también está presente La Piedad. Jesús ha confiado a a María su
Iglesia y toda la humanidad; a los pies de la Cruz, acepta a Juan como hijo.
María experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata
el corazón y le capacita para abrazar a todo el género humano. De este
modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se
convierte en la Madre que nos alcanza la Misericordia Divina.
Tras la Cofradía de San Juan, sale a la calle la imagen que da nombre
a esta procesión: El Santo Entierro. Jesús yace dentro de una urna de
cristal; sus manos y sus pies, taladrados; su cuerpo, azotado y atravesado;
su cabeza, agujereada por las espinas; y el rostro, desencajado. Escoltado
por una guardia de honor, el Cristo Yacente, a hombros de los moraos,
recorrerá las calles camino de su Sepulcro en esta iglesia. Al contemplar el
cuerpo inerte de Jesús que yace sobre una fría losa, un escalofrío recorre
nuestra alma. Él, que había lavado los pies de sus discípulos en la Última
Cena ahora tiene los suyos lacerados; Él que había preparado el banquete
para la ‘fiesta del perdón’ se muestra ahora a Sí mismo como alimento.
Jesús no puede hablar, pero sus palabras invocando el perdón para quienes
estaban arrebatándole la vida resuenan con fuerza mostrando el verdadero
sentido de la misericordia. Jesús irá al Seno del Padre, de ese Padre
misericordioso que en Jesús nos ama más allá de cualquier medida. Los
errores que cometemos no rompen la fidelidad de su amor. Con el
sacramento de la Reconciliación podemos comenzar de nuevo.
Como dije antes, la última imagen que cierra las procesiones en
Caravaca de la Cruz es también de María. Nuestra Señora de la Soledad (por
cierto, este año protagonista del cartel que, con su profesionalidad, han
elaborado Juan Martínez Montoya y su hijo, José Antonio, de Láser
Fotógrafos; mi enhorabuena a ambos); como decía, la Soledad, portada por
los negros, sigue al Cristo Yacente hasta esta iglesia. Con la pena de un
corazón atravesado por los mismos clavos que horas antes mantenían el
cuerpo de su Hijo clavado en la Cruz, María, le sigue. Va tras Él, caminando
de forma pausada con el sonido de un lamento que, convertido en música,
cierra el cortejo.
A su llegada, una melodía que las jóvenes manos de Alba María y
Francisco Javier sacarán de un chelo y de un piano, nos sobrecogerán a
todos mientras la Soledad recorre el interior del templo para presenciar por
última vez a su Hijo. La luz de la iglesia se apaga y el silencio, que reinó en
la noche de Jueves Santo por las calles, regresa para envolver de solemnidad
el momento del Santo Entierro.